Del ocio a la adicción en las redes sociales

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Las redes sociales han entrado con fuerza en nuestras vidas. Actualmente la mayoría de nosotros tenemos un teléfono de última generación que usamos para buscar información, para comunicarnos (incluso con los que tenemos al lado), para realizar compras, para disfrutar de nuestro ocio, para aprender o para realizar tareas cotidianas. Rara es la persona que no consulta las redes varias veces al día. Los dispositivos también han cambiado, son rápidos, eficaces y tremendamente intuitivos. Se ha abierto una realidad a nuestros ojos llena de posibilidades e interés.

Esta revolución también tiene elementos negativos. En las consultas de psicología se empiezan a ver muchos casos de personas que pasan muchas horas, en algunos casos jornadas enteras conectadas a las redes. Incluso, algunos dejan de realizar tareas básicas e incluso fisiológicas para atender a la conexión con el mundo 2.0. Esa ventana que se abre en algunos casos supone limitar el oxigeno y las posibilidades para aquellas personas que se han vuelto adictas a este tipo de dispositivos. La red les ha cazado y no les suelta. En muchos casos estos hábitos no son patológicos, no suponen una interferencia importante en la vida de las personas, ni en su funcionalidad. Llevan una vida normal, con una intensa actividad en este sentido. Pero, en algunos casos supone un problema para ellos, sus familias, su entorno laboral, y social. Es entonces cuando acuden a la consulta del psicólogo para modificar esta circunstancia. En esos casos, las redes dejan de ser funcionales y se convierten en un motivo de sufrimiento para su vida.

Los manuales de diagnostico también, como el resto de la sociedad y sus organizaciones, pecan de una velocidad más baja que el propio proceso. Es por esto, además de por el número de casos incipientes y la juventud del problema por lo que es importante la intervención temprana en este tipo de problemas para aumentar y asegurar la mejora de las personas con este problema.

Según, Jerald J. Block, las características que podrían llevarnos a pensar que se trata de un problema serian:

1. Uso excesivo: aparece en el sujeto asociado con la pérdida de la noción del tiempo o con el abandono de necesidades básicas, como comer o dormir. Hay un cambio de prioridades en la persona, que es capaz de relegar todo lo que antes era fundamental. Son capaces de saltarse comidas, quitarle horas al sueño o no ir a trabajar para continuar con su actividad frenética.

2. Abstinencia: como en otras adicciones aparecerían sentimientos de rabia, ira, tensión o depresión ante la imposibilidad de acceder al ordenador o conectarse a la red. Hay una fuerte reacción física y psicológica ante la parada o la imposibilidad de acceso involuntaria a esta. Se buscan otras redes, otros dispositivos para la conexión o aplicaciones semejantes que permitan continuar con la conexión. Recordemos la caída de Whatsapp hace unos meses y el crecimiento paralelo de Telegram en unas pocas horas.

3. Tolerancia: la persona aumenta con el paso del tiempo la tolerancia o resistencia a la satisfacción que le supone el uso de las redes, necesitando con el tiempo, una mejora en las prestaciones de los equipos, mayor calidad, un software más avanzado, mas cantidad o tipos de dispositivos o más horas de uso para sentirse satisfechos.

4. Repercusiones negativas en la vida de la persona, tales como, discusiones frecuentes, mentiras, manipulaciones, baja realización personal, baja autoestima, escasa o nula satisfacción de control, aislamiento social y fatiga. Con el tiempo las áreas y la intensidad de afectación aumentan hasta convertirse en un verdadero conflicto con el entorno.

En algunos países, este tipo de alteraciones se han convertido en un verdadero problema de salud, no solo psicológica sino también física, con muertes incluidas. Corea del Sur es uno de ellos, con 10 fallecimientos por problemas cardiorrespiratorios en distintos cibercafés. Se estima que en este país, aproximadamente 210.000 niños surcoreanos de entre 6 y 9 años (2,1%) están afectados por este trastorno y requieren tratamiento. Se están iniciando acciones por parte del gobierno de tipo preventivo y educativo para los profesores y agentes sociales.

En China el 13,7% de los adolescentes usuarios de Internet cumplen los criterios para el uso desadaptativo de la red, por lo que se ha empezado a restringir el uso de juegos a través de la red limitando su uso diario a 3 horas a través de leyes especificas para ello.

En España, Sánchez-Carbonell y colaboradores, han realizado un estudio en el que encuentran que el uso desadaptativo de Internet tiene elementos comunes a otras adicciones, como la pérdida de control, el craving (deseo de consumir algo placentero), la alteración del estado de ánimo, la polarización atencional, la pérdida de control y las consecuencias negativas. Hay que tener en cuenta además que el uso de las redes puede correlacionar con la aparición de otros trastornos adictivos de elementos específicos. Es decir, puede influir en la aparición y desarrollo en otras alteraciones, pudiéndose presentar comorbilidad en un mismo sujeto, lo que complica la intervención. Según algunos autores, y por las características de este tipo de conductas y manifestaciones, las personas con trastornos obsesivo-compulsivos son más proclives a padecer estas situaciones.

Además, advierten que las aplicaciones sincrónicas (chat y juegos en línea) pueden ser más adictivas que las aplicaciones asincrónicas (como correo electrónico o descarga de películas).

Los estudios en España no han hecho más que empezar, pero las cifras del uso de las redes en el caso de menores de 18 años parecen sobrepasar el 90%, con un posible 10% de usos problemáticos o que pueden acercarse a la definición de adicción.

Se trata por tanto, de un asunto de gran relevancia por su novedad, rapidez y prevalencia en adolescentes. Estos sujetos tienen menos capacidades en el área de autoconcepto, autogestión y control que los adultos. Para intervenir y prevenir es fundamental la educación de los adultos, y especialmente los usuarios más afines a este tipo de redes y con menos recursos para su gestión, como son los más jóvenes. La prevención ha de ir de la mano de los agentes sociales, educativos y de salud, con formación en las redes, así como en los recursos de salud que pueden mejorar esta situación a través de la intervención psicológica.

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